Puerta de hierro
El tiempo parecía haberse puesto de acuerdo para hacer la situación un poco mas deprimente de lo que ya era. La lluvia arreciaba como si de una película decadente de los noventa se tratara. Los árboles se doblaban cansados ante el peso del agua y del día gris. El achatado edificio de la clínica acentuaba más aun la impresión abrumadora de aquella mañana cojonudamente negra.
La clínica puerta de hierro, con sus tres antiguos edificios, daba impresión, al menos en el que yo entré, de que se iba a caer a cachos por fuera. Por fuera tenia chorreras de humedad en las que algunas ya crecia moho, una apariencia nada agradable para una clínica medica. El interior quizás en un principio se librara de la misma opinión pero tras fijarse uno detenidamente se da cuenta de que bajo el olor a asepsia y el pulcro silencio que envuelve esos lugares hay muchisimos desperfectos en el hospital.
Las paredes, de un verde claro con gotelé tienen ronchas negras del uso y necesitan un pintado, los radiadores tienen las planchas desconchadas, quizás siendo de los años setenta. Las ventanas son viejísimas y en algunos puntos los marcos estan rajados. Las guías de la pared estan medio descolgadas en algunos sitios.
En este panorama me encontraba yo esa mañana cuando entré al hospital para ver a mi abuelo. El vestíbulo parecía mas de un hotel que de una clínica. Gente andando de aquí para alli, televisión, anuncios. Hasta una tienda con algo mas de lo indispensable, pues habia hasta peluches. Un buen detalle para la gente que preocupada que quiere hacer un regalo cutre a un enfermo.
Recorrí los pasillos antes descritos leyendo las pequeñas pegatinas que habia pegado los huelguistas (al parecer de la limpieza) en las ventanas. Reclamaban ciertos pagos atrasados, una situación muy triste la verdad. El gris plomizo del cielo entraba al pasillo y daba cierto halo de irrealidad. Definitivamente, un lugar de novela para visitar a un enfermo del corazón.

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