Bueno aqui presento un miniproyecto de lo que mas me viene gustando ultimamente, escribir sobre la vida real. Algo menos fanstastico a lo que estoy acostumbrado. Dos personas para una Vida, Capitulo 1 espero que os guste. Dejo aquí el enlace para el resumen, por si os interesa leerlo antes ya que esto es un poco largo. Resumen “Dos personas para una vida”
Capitulo 1: Dos veces, doble dolor.
La mañana se alzaba en Atocha y el turno de Jose empezaba. Con un bostezó pasó al anden que llevaba a Pinar de Chamartín y contempló la estampa de la estación vacía, toda una imagen que pronto se vería empañada por el griterío, los anuncios, la gente corriendo con prisas. Gente viviendo.
Jose se sentía en una isla de inactividad, parecía no vivir entre todas esas personas, se sentía como una maquina, detener a los sospechosos, a cualquiera que se saltara los tornos. Ese era todo su trabajo, toda su vida. Cuando su turno acababa, demasiado cansado para salir de fiesta o quedarse a tomar unas cervezas con sus compañeros, cogía la moto aparcada cerca de la estación y conducía hasta su pequeña casa, cerca de Casa de Campo. Esa era su vida, su monotonía que únicamente variaba en el día que tachaba del calendario, pegado en una solitaria pared, siendo testigo de los meses desaprovechados de su vida.
Aquel día no esperaba ser distinto. Las primeras personas ajetreadas llegaron, y el tiempo pasó entre caraduras que querían colarse y madres que trataban de colar a sus hijos de quince años haciéndolos pasar por menores de siete. Si duda, un día tedioso en una larga lista de días iguales.
Cerca de media mañana, cuando ya era casi su hora de comer, divisó otra infracción. Otra persona que se quería colar. Y era su hora de comer. Esto lo sacó de sus casillas. Esperó a que terminara el ágil salto y que avanzara unos metros. Entonces detuvo al infractor. La infractora. La habia detenido por pura inercia sin fijarse siquiera en ella, pero nada más tocar el pequeño hombro de la chica no pudo menos que fijarse en su look. Dos cabezas más baja que él era una chica de expresión seria, concentrada, al parecer exasperada de que la hubieran pillado.
Su ropa era un elenco de colores casi mareante. En la sudadera se mezclaban colores tan vivos que dolían a la vista, y los pantalones, que parecían de retales de tela también eran por el estilo. Su pelo no se salvaba, pues a pesar de ser en su mayoría de un castaño brillante por debajo asomaba una capa de pelo azul eléctrico que se confundía con la sudadera que llevaba. Un look independiente:
- Enséñame tu billete.- Dijo Jose soltándola el hombro.
- Es obvio que no tengo.- Dijo con una voz dulce y preñada de sarcasmo. Un piercing en su labio se movía con la ayuda de una lengua pequeña y ágil. Jose tuvo un desliz en su pensamiento al imaginarse esa lengua cerca de su boca.
- Pues entonces paga y sal, vamos.
- Creo que no.- Dijo sonriendo y sacando la lengua.
Esta contestación chocó a Jose un poco, que creía no haber oído bien debido a que el tren acababa de entrar en la estación. Pero un soberano pisotón, demasiado fuerte para alguien del tamaño de esa chica lo hizo doblarse por la mitad. Esta escapó al interior del vagón y lo saludó al cerrarse las puertas. Vaya desfachatez…
Mascullando todo tipo de blasfemias contra ese tipo de gente que se pasaba la autoridad por el forro de los cojones se dirigió a la cafetería donde se solían reunir sus compañeros y el para tomarse algo en el descanso. Estaba justo encima del andén y le llevo apenas un minuto llegar:
- Hay que joderse la niña, estoy seguro de que me ha machacado un dedo…- Dijo para si mismo mientras se sentaba en una mesa y desataba el zapato.
En lo que se revisaba el maltrecho pie aparecieron dos agentes más, Maria Jose y Jesús, que vigilaban por las entradas de los andenes de tren. Al verlo tan enfurruñado consigo mismo se sentaron a su lado y trataron de indagar:
- ¿Qué te pica ahora?- Dijo Maria.
- ¿Qué? A nada, que se me ha colado delante de las narices una cría, y creo que me ha roto un dedo del pie del pisotón.- Dijo mirándose preocupadamente un dedo que parecía demasiado recto y le dolía horrores.
- Haber déjame eso, creo que no es roto.- Dijo Jesús cogiéndole el pie.
Mientras Rosa (la amable dependienta de la bollería/cafetería) les servia los cafés Jesús informo a Jose de que no era ninguna rotura, solo que se le habia montado el tendón de un dedo. Algo doloroso, pero que, como bien demostró mientras lo explicaba, con un buen movimiento de dedos se pasaba.
Menos dolorido pero aun enfoscado por la niña sublevada, se tomó su café y volvió a su puesto, poniendo menos atención y celo en su tarea que de costumbre. Esa sonrisa picara, esa expresión cínica, esa vestimenta colorida no querían irse de la mente de Jose. El lo atribuía al enfado, o quizás a que pocas veces se veía a gente con ese look.
Llegaron las ocho de la tarde y Jose salió para ser relevado por un guardia de cuatro horas, hasta el cierre de la estación. En los vestuarios reservados al personal se quitó la camisa y se puso una cazadora negra de cuero encima de la camiseta de interior. No tenia ganas de cambiarse. Sacó la cartera y las llaves. Sin despedirse salio por la puerta y se mezclo con la multitud, donde era uno mas.
Era uno más. O lo parecía. La gente iba a su alrededor con un propósito, con una misión. El simplemente sabía donde iría en los próximos veinte minutos, a veces ni eso. Mientras salía a un perpetuamente nublado Madrid buscó con la mirada el verde radiactivo de su moto. La Ninja lo esperaba en su lugar. Cruzó la carretera y se subió encima de la moto, sintiendo la potencia bruta de la maquina. Siempre le habia gustado la dificultad de manejo de esas motos, lo hacían concentrarse en el momento.
La moto se encendió con un rugido y, poniéndose el casco, Jose dio un acelerón para calentar la moto. Desde ese momento solo existia para el los cinco metros posteriores a la rueda delantera. Se aisló del mundo y salio a la carretera.
Pasaba por la enorme avenida de América cuando un flash, en la acera derecha, le hizo girar la cabeza, allí estaba esa sudadera colorida, ese pelo castaño tan liso, esa figura menuda que se movía con determinación. A la vez que giró la cabeza, el coche que le precedía dio un frenazo, sin tiempo para reaccionar, Jose tumbó la moto y derrapó dolorosamente por el asfalto hasta colarse en la acera, dando gracias por no haberse chocado con nada en el camino.
Gemía bajo el casco, dolorido, sobre todo por la pierna derecha que era la que habia recibido el impacto y el severo arrastre sobre la carretera. Unos pasos ajetreados sonaron a su alrededor, mientras el hacia un esfuerzo por levantarse. Alguien se lo impidió. Una voz, con un eco de familiaridad, sonaba bastante lejana y algo distorsionada por el casco:
- ¿Emergencias? Hemos tenido un accidente de moto, Avenida de América…- La voz se alejó y no pudo seguir la explicación.
Alguien le hacia presión en el pecho para que no se moviera, pero solo conseguía ahogarlo un poco mas. Quería quitarse el casco y respirar, pero no le dejaban moverse. Ni que se hubiera caído a doscientos kilómetros por hora, que no podía ir a más de setenta…
A poco de oír la llamada llegó una ambulancia, pero el dolor laceraba a Jose de tal manera que la espera se le hizo angustiosa. Le quitaron el casco con un extremo cuidado y lo subieron en la camilla con unos cuidados que rallaban ciertamente la bestialidad:
- ¿Tengo algo?- Preguntó al techo de la ambulancia.
- La pierna derecha rota parece, dentro de poco empezaras a sentirla.- Contestó la voz masculina de uno de los asistentes médicos.- ¿Te duele aquí?
Empezaron a tocarle las costillas y ligeramente el cuello, pero nada le dolía, la pierna comenzó a punzarle y el sufrimiento se le extendía por toda la cadera. Le pincharon algo que lo calmó al momento y pronto una indiferencia lo invadió y a punto estuvo de dormirse mirando el techo de la ambulancia. Sentía como se hundía en la oscuridad, alguien le toco la cara, pero no reacciono, una fuerte luz apareció ante su pupila pero no movió los ojos. Simplemente se dejo llevar al sueño.

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