Bueno, como vuelvo a estar de exámenes, más archivo. Esto lo escribí una noche de verano, no recuerdo muy bien cuando, quiza en el solitario agosto o julio, tras una seria intoxicación etílica, borracho vamos. Como podeis imaginar es una sarta de incongruencias, pero a pesar de ello no puedo evitar que tenga una gran carga psicológica para mi, me dice mucho, es mi voz interior alcoholizada divagando sobre una penosa existencia!. Quizá lo reescriba en versión relato, ajustado, arreglado, expandido y todo eso XD
Todos alcanzamos a oír una voz en nuestro interior que dictaminaba el fin y el castigo de aquellas almas que, atormentadas en vida, no fueron capaces de ser fuertes y sucumbieron a su propia desgracia. Segundos después, el mundo entero se conmovió.
Nada más empezar, impactó la confusión ante lo desesperado de la situación. Sonaron las sirenas hasta que fueron destruidas, y las sustituyeron todo aquello que pudiera hacer aviso del peligro. Mejor dicho todo aquello que pudiera atraer la ayuda. Silbatos, megáfonos, amplificadores de gritos largos y quejumbrosos se peleaban con explosiones y el rugido de la Tierra despedazándose. Al caer la noche, cuando todo quedó paralizado, el cielo aún seguía iluminado de tonos anaranjados. Pocos pudimos dormir, otros no se despertaron.
Las cucarachas que salieron de las grietas del día siguiente no trajeron enfermedades, ni nos dieron asco. Más bien eran un suculento manjar. Recorrían nuestro cuerpo con sus diminutos pasos, haciéndonos cosquillas en las heridas, las dábamos de comer de nuestras brechas, era una simbiosis. Las llamamos el Maná durante lo que duró la travesía.
Al tercer día llovió abundantemente. Aquella agua quemaba y escocía, era amarga y al llegar al estómago producía un calor ardiente, la mente dejaba de responder con ella. Bebimos tanto que caímos inconscientes mientras el tiempo parecía no avanzar, ajenos al sufrimiento que nos rodeaba, evadidos en un falso sueño que no hacía más que distorsionar las pesadillas del mundo real en sombras chinescas sobre la conciencia.
Sí la tierra estaba desquebrajada, el cielo lo hacia al cuarto amanecer. Cayeron rayos y rugieron los vientos haciendo volar lo que quedaba en pie, el paisaje se convirtió en una vasta llanura de cráteres, cubierta por las nubes que bajaron a nuestro nivel como una fina manta que tapaba nuestros pasos y cubría cadáveres olvidados. El cielo se mostró desnudo en su totalidad, una ventana al universo, posamos nuestras miradas en luces que el hombre no había visto jamás, llegando a ver las interminables cadenas, gruesas como los brazos del Titán Atlas y de eslabones de plata que atan nuestro mundo al corazón de la nimia existencia, tan débil que se difuminaba con la nada. Nadie pudo resistirlo, el cerebro se deshizo ante tan poca presión de la lógica, nos abrazamos tan fuerte por no perder nuestra identidad, lo que éramos, lo único que nos quedaba, que nuestras cabezas no se inflasen como granos de maíz.
Flotamos durante el quinto día. No sabíamos donde íbamos, nos habíamos elevado entre un coral zumbido de mosquitos invisibles, revoloteando en derredor, molestias permanentes que se metían entre los párpados y ponían huevos en los oídos, solo pudimos agitarnos inútilmente en el aire, pero el miedo pudo más. Agarrados, su tacto, sus miradas, sus gimoteos, el calor que emanaba de sus lamentos. Los amaba. A todos y cada uno. Un amor desesperado que me arrancó las lágrimas cuando caímos con todo nuestro peso sobre un suelo de mármol que bien parecía una plancha de cocina a cientos de grados.
Sexto día, ellos siguen de mi mano, no pienso soltarlos. Han surgido bestias horribles, desfiguradas, se ríen y enseñan sus colmillos, a caballo o sobre pezuñas, todo es negro, rojo, sombra y resplandor. Que sus garras sesguen mi piel no me importa, me duele pero no me mata, sin embargo amenazan con hacernos cosas peores, la más cruel muerte. Uno a uno somos aniquilados, con nuestro intestino por horca o vomitando nuestro corazón. Cae la noche y mi turno no ha llegado, espero en vano hasta el alba en estos parajes que ya debió visitar Dante, mientras el sufrimiento de la gente que amo se disuelve en magma y costras.
Séptimo día, todo es blanco, no logro a distinguir la tierra del cielo, todo es lo mismo, caminando durante horas sin moverme del sitio. El único sonido que alcanzo a oír es el pitido de mis nervios y el latido del flujo sanguíneo. Nada parece cambiar en horas, días, meses, años, siglos, milenios, eternidades. Si al menos alguno de ellos estuviera aquí, conmigo, haciéndonos sentir humanos, siendo alguien, siendo algo. Si al menos no estuviera solo, seguiría sintiendo la vida. Esta es mi muerte y castigo.




Lo malo de las cosas que escribimos borrachos es que salen tan de dentro de nuestra cabeza, que los demás muchas veces no entienden que quieres decir. Como relato me gusta muchísimo, pero no hallo el valor psicológico que tú te otorgas. :s
Quizá sea por la resaca.