15
Abr
09

Calor Nuclear. Prólogo (1/2)

Aquí estamos con “Calor Nuclear“, el cual ya anuncié que llegaría hoy. Espero que tenga la acogida de “Dos personas para una vida” aunque aviso, esto es algo mas crudo y bestial, tratando de representar una realidad en la que los humanos somos una reducida parte de la población y luchamos por nuestra supervivencia.

Prólogo (1/2)

El calor se extendía como una maldita ola por todo el entorno, y sentarse en un banco podía convertirte en un asado bien hecho. Todo crujía quejándose, y en el pueblo, los columpios de los niños parecían recién pulidos y brillaban casi amenazadoramente. Pero claro, nadie los tocaba. Nadie desde hacía mas de quince años.

La nube de polvo que soltaban las botas al desplazarse era inevitable, aunque dudaba mucho que alguien pudiera verle. Se miró las mencionadas y advirtió que, salvo por la caña del tobillo usada y hecha a las carreras que daba. Llevaba… ¿Cuantos años con ellas? Ni la mas remota idea, pero ahí estaban, y no le habían fallado aun, a pesar de todo.

Entró en la tienda, que se veía con un cristal destrozado y aspecto de saqueada. Era el aspecto que tenían casi todos los comercios desde tiempo atrás. Cogió una coca cola, caliente, y la abrió. El “pstch” del gas escapando por la lata se le antojaba de otro mundo lejano en el que aquel era un gesto de lo mas común para todos. Que triste recuerdo.

Se paseó por la tienda tratando de hacer el menos ruido posible entre cristales y desperdicios, no había ni un solo cadáver, en las dos habitaciones que conformaban el comercio, y la mayor parte de los estantes se veían saqueados. Una vez registrado todo, se dirigió por la carretera tranquilamente en el desierto pueblo a la salida. Era medio día, nadie salía, el calor nuclear aun era predominante incluso después de tantos años, y muchos días se superaban los sesenta grados, con los consiguientes problemas que llevaban a los humanos.

Se acercaba a la salida del pueblo. Bajó una cuesta pronunciada, esta vez mucho menos tranquilamente, a su espalda iban dos armas, una escopeta de caza que había pertenecido a su padre y un rifle de asalto de un vecino militar que al parecer guardaba esa clase de juguetitos. Agarró la escopeta, a cuyo manejo estaba habituado. Además, la munición de la escopeta no escaseaba, había lo menos tres armerías relativamente cercanas abandonadas, la gente no había tenido tiempo casi ni de asaltarlas para defenderse, la inmensa mayoría habían muerto al momento.

Apartó de su cabeza toda la historia, cuando se aventuraba fuera de Alovera tenía que estar despejado, los peligros eran mucho mayores. Como para certificar sus pensamientos un perro enorme apareció corriendo en dirección a la salida de la nacional, que quedaba a su derecha. Salió de la carretera, pues aun estaba en la cuesta y, agazapado contra el quitamiedos se calzó la escopeta al hombro.

Entonces volvió a suceder lo que había ahuyentado al perro. Una ráfaga rápida de pistola, que arrancó pedazos de asfalto bajo las patas del cánido, el cual redobló la intensidad de su carrera para no ser alcanzado por los proyectiles. Un montículo tapaba su visión, por lo que no veía a quien había disparado. Arrastrándose se dirigió hacia él y se encaramó a su punto mas alto hasta disfrutar de la vista de la entrada del polígono industrial que se abría a su izquierda.

Le vio. Parecía una persona normal y corriente. Era muy delgado, parecía un chaval, quizás de diecinueve años, en pleno crecimiento desgarbado. Sostenía la pistola ufanamente, respirando agitado. Estaba a unos cien metros, un disparo certero con la escopeta le abatiría:

- ¡Corre! ¡Corre hijo de puta! ¡La próxima vez no fallaré!

Hablaba. Era normal. Pero aun así, había que tomar ciertas precauciones, apuntó mas precisamente y gritó a voz en cuello:

- ¡Alto! Si no estas en peligro, suelta la pistola y gírate hacia el pueblo.

Incluso a esa distancia pudo notar la tensión y a la vez alivio de su cuerpo. Se alegraba de encontrar a alguien, pero a la vez tenía pánico a encontrarse con un psicópata superviviente. El eco de su voz amplificada distorsionaba sus parámetros, convirtiéndola en un monstruo amenazante. No soltó el arma, pero se giró hacia él. No le preocupaba, su arma era de caza y tenía un radio de acción muy útil gracias a los perdigones, el chaval estaba hiperventilando y acojonado, no podía acertarle:

- Y una mierda voy a soltar.- Dijo audiblemente.- Baja aquí si tienes pelotas.

Apuntó al suelo y disparó. Si algún perdigón perdido le daba en un pie, se lo merecía por incauto y gilipollas. Una nube de polvo se levantó y, por la velocidad con la que se cubrió, supo que no le había alcanzado nada. Se colgó la escopeta en bandolera y descolgó la segunda arma. El rifle de asalto era mucho mas mortal con una sola bala que la escopeta:

- Sal de ahí, no quiero hacerte daño.- Gritó sin que la punta del rifle se moviera de la esquina donde se escondía el chico.

- Está bien, está bien, pero no soltaré el arma.

- Entendido. Pero con ella por delante.

Asomó la mano con la pistola, una nueve milímetros común, como la que había visto a muchos policías. No eran muy potentes, pero bien dolorosas y útiles para disuadir a cosas como los perros y las ratas, un peligro andante. Después, salió él.


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