ZeTTo nos trae radiación y violencia, yo me decanto por la opción biológica (o lo intento)
“Joder, desde que volvimos de viaje de Sao Paolo no me dejó de picar el brazo izquierdo, ni la pierna derecha, ni hostias, todo. Hace un par de días fui al médico a ver que me decía, porque se me estaba poniendo la espalda roja como un cangrejo y ya se empezaban a ver ronchas en todas partes, y era insoportable estar todo el día que si rascándose que si echándose crema de los mosquitos. El tío me dijo que tenía sarna, así de simple lo decía el cabrón. En algún lugar había estado en contacto con un infestado, un animal seguramente, yo que pensé que era alergia de haber comido melocotón y resulta que abreviando tengo un montón de bichitos milimétricos debajito justo de la piel, entre la dermis y la epidermis, entre la chicha y la membrana para que nos entendamos. Pues estos parásitos te hacen el agujerillo como una picadura de tábano o algo así, se meten y empiezan a hacer túneles en tu grasienta carne, comiéndosela y poniendo huevos por ahí como si tal cosa. Claro, empiezan a mordisquearte las terminaciones nerviosas y eso hace unas cosquillas que te cagas, casi literalmente, como pican los condenados.
Total, que el matasanos me ha dicho que me lave bien, que la limpieza mata estas cosas, y me han dado un tratamiento contra el ácaro, aplicado en forma de cremas y potingues. Voy a tener que estar por la clínica de forma habitual, lo cual es un fastidio porque pensándolo estamos en verano y lo que queremos es desfasar y hacer el costra, pero bueno, las costras parecen que me van a salir a mí, que gracia. De momento tenía vendas untadas en crema por todas partes para aliviarme, pero ya me las he quitado esta mañana porque con el calor que hacía y todo el sudor pringoso que me huele a hachís me estaba agobiando demasiado. Ahora tengo unas hermosas placas rojas de piel muerta en escamas, en casi todas las zonas normales de mi cuerpo, más algunos hinchazones que parecen pequeños cráteres que es por donde se supone ha entrado el insecto. Además en los pliegues se me esta acumulando piel de color grisáceo que tiene toda la pinta de estar a punto de despellejarse, entre los dedos, en los sobacos, y hasta en el culo seguro y eso que no llego a verme ahí.
Puag. No recordaba tener tanta reacción, esto se expande como la espuma. Rascarme solo me trae disgustos y escozor, y que se me queden restos de piel bajo las uñas.
Voy a pegarme un duchazo aprovechando que madre se ha ido a por el pan, y así no me echa la bronca por malgastar agua en estos tiempos de miseria. Já. Casi tengo que andar de puntillas porque tengo las plantas de los pies en carne viva, estoy deseando poner el chorro de líquido a toda potencia en frío y olvidarme de que tengo este asqueroso cuerpo. ¡Ojalá fuese alma solamente!” – cerré mi diario (escribo uno, ¿Qué pasa?), y me fui hacia el baño, me metí en la ducha y suspiré.
Abrí el grifo y dejé que la enredadera de cristal se deslizase por mi anatomía, abrazándome helada, adormeciendo mis extremidades, dejándome insensible. Sin duda no hay mejor forma de pensar que bajo la ducha, como lo añoro ahora. Desapareció ese constante movimiento invisible en mi interior, esas diminutas patitas y mandíbulas escarbando lentamente y poco a poco, horadándome como un campo de cultivo en surcos. Podía, y aún puedo, imaginarlos recubiertos de pelos afilados con formas de garfios y aguijones para abrir mejor el camino entre músculos, nervios y vasos capilares, dejando huevos en rincones dentro de mí que se abririán para salir a la superficie en forma de larvas del tamaño de una cabeza de alfiler.
Apenas habían pasado treinta segundos, lo recuerdo perfectamente, cuando empezó aquel espanto, aquella locura. Un espasmo involuntario llevó mi mano derecha al vientre haciéndola rascar incesantemente bajo el pectoral izquierdo, hasta que cuatro tiras de piel blanquecina se levantaron dejando al descubierto piel nueva y brillante, sonrosada. La piel muerta cayó a mis pies y rápidamente se fue por el sumidero. Tuve que sacudirme los resto de las uñas para después observar atónito las cuatro rayas que me había hecho inconscientemente, seguían picando y ardiendo al mismo tiempo, y empezaban a brotar puntitos rojos que demostraban que esa carne aún no estaba lista. La mano volvió a agitarse frenéticamente y aunque traté de impedirlo se lanzó a rascar en la misma zona, pues el picor era mucho más grande que el escozor de la carne viva. Hilillos de sangre ya empezaron a mezclarse con el torrente de agua, coloreando el sendero al desagüe. Pronto no fue solo sangre y piel, algún trocito de carne había sucumbido a mi garra poseída y mi cara se contraía en gestos de dolor. Cuando me atreví a mirar ya había un pequeño boquete en mi costado, suficientemente grande como para introducir dos dedos y notar el músculo latente, y toda la zona de alrededor estaba despellejada.
Después, todo se volvió confuso e impreciso. Toda mi carne empezó a hervir. ¿Sería el agua? ¿Habría vuelto locos a los ácaros? ¿O me estaba volviendo loco yo? Mis dos manos se lanzaron como zarpas de felinos a arañar por todas partes, el hormigueo era insoportable y tenía la sensación de que una hueste de ciempiés estaba reptando sobre mi cuerpo.
Agarré la piedra pómez que mi madre guarda en el estante del champú para rasparse los callos. Empecé a lijarme como si fuese una figura de madera astillada, rápido como si me estuvieran devorando por dentro. Mi cerebro estaba tan colapsado por el picor que temía que en cualquier momento me bloquease y me quedase catatónico.
Mordisquitos, galerías en mis brazos, los imagino corriendo de un lado para otro. La sangre pulverizada por las fricciones secas y veloces de la piedra estaban dejando en la mampara de la ducha un bello graffiti de amapolas difuminadas, mi cuerpo empapado alternaba zonas de piel clara desgarrada y colgante con zonas sonrosadas de mi yo interior al aire, y el agujero bajo mi pectoral no dejaba de chorrear. Pero la fuente de mi mal es más profunda. Froto, froto, froto. Creo que están revoloteando entre mis tripas, que se han metido en mis pulmones porque me cuesta respirar, que están separándome los huesos de los ligamentos. Solté la piedra y alcancé la Gillette del lavabo.
Tenía debajo de mí suficiente porquería y no cesaba el infernal ardor, pasé las manos por detrás de la cabeza para mutilarme la espalda, que parecía haber recibido un cazo de agua hirviendo y mil alfileres, pero picaba. La cuchilla se deslizó por una espalda inflada y pegajosa, tantas veces que me parece que estuve horas repitiendo el mismo movimiento. Un grito de dolor resonó en toda la casa, un grito que no era mío, un grito sin cuerdas vocales. Mi madre aporreó la puerta “¿QUÉ HA PASADO HIJO?!”. No sabría que decirle, de todas maneras apenas puedo balbucear, sigo palpando una espalda descosida a heridas profundas, casi descubiertos los huesos al tacto en donde la saña ha sido proporcional al escozor. Apenas puedo balbucear. La puerta sigue retumbando bajo el peso de madre. Yo, bajo el chorro de agua helada, rasco lentamente mi cuerpo corrupto. Rasco. Los túneles bajo mi piel son minas al infierno. Por sus raíles corren vagonetas oxidadas rebosantes de cadáveres. Se ve el fuego arder al fondo, el alto horno, y caras demacradas por el picor que de allí procede. Rasco. Un último chirrido de las miles de bocas que corren en mi interior, y los colores se apagan, las figuras se emborronan. Un único vagón se desliza silencioso, ya no oigo, y de él baja la Figura- pone su mano en mi cara, la tapa por completo. Apenas puedo balbucear, apenas puedo pensar. Me pica la cabeza, muchísimo. ¿Pensar para qué? Esta mente ya no es mía.
Desperté en el suelo con sabor a pólvora en la boca, la visión volvió de repente a mí con un sonoro estallido. Un hombre sobre mí, gravemente herido, sostenía un revólver de bajo calibre introducido casi hasta mi garganta al tiempo que se tapaba con la otra mano el cuello, que sangraba abundantemente. Estaba debilitándose y notaba su peso ceder sobre mis brazos. De un empujón me liberé de él, y cayó boca arriba jadeando. Al poco, dejó de respirar. Los brazos que habían propinado el empellón no parecían los míos, eran unos brazos consumidos, huesudos, de piel flácida y llenos de costras. Tenía las uñas sumamente descuidadas, largas rotas y roñosa; y cubiertos los dedos de sangre caliente, seguramente de aquel tipo. Todo el cuerpo lucía el mismo aspecto y me vi semidesnudo con las ropas rasgadas.
Tenía una bala alojada en alguna parte de mi cerebro, y lo empezaba a notar. Miré a mi alrededor y no había nada salvo una espaciosa nave industrial ruinosa. La luz caía en columnas desde los espacios destartalados del techo, parecía mediodía. Quería saber que era yo, que volvía a ser yo, caminé hacia una ventana buscando mi reflejo en los vidrios rotos. Era yo, o al menos una sombra de lo que fui, como un toxicómano chupado por la droga. Todo lo demás no importaba, no me importa, he vuelto. Ni la pila de cadáveres en la esquina de la estancia, ni mis fauces cubiertas de rojo reseco, no me importan, nada. No quiero respuestas. Esta mente vuelve a ser mía, y después de todo, ya no me pica.




O.o
… Si cuando te pones… que grima señor, hay algo ahi que…. uis, escalofríos.
Ay!!Diosss! A medida q leía imaginé por un momento que eso me ocurría a mi, y que daño!! =S xD ^^ que guay todo
xD
hi
muy buena historia me gusto mucho sigue escribiendo en realidad es muy bueno bye
hola. es una istoria que parece poco realista pero muestra la realidad tal y como es. Esta muy bien escrito.
Eeeeese es mi ojazos!!!k,te vas a hacer un ejercito de admiradoras?