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Calor Nuclear. Capitulo 4 (2/2)

Arreando con la vuelta de calor nuclear. Anterior parte del capítulo aquí.

Capítulo 4 (2/2)

- Si, te había comido un pie.- Contestó otro mucho mas grave. A ese no le conocía.- Parece como si te siguiera.

- Si…- Contestó. Se dirigió a Romero, el único de los diez ocupantes que conocía.- ¿Que haces aquí? Todos te dieron por muerto cuando decidiste tirar para Torrejón.

- Me valió la pena, como ves.- Señaló a todos los ocupantes. Supervivientes.- Dado lo que estoy viendo, creo que entre los militares hay mas tasa de supervivencia, y no quiero hacer especulaciones…

- A la mierda Doctor.- Dijo el que había hablado antes. Negaba mientras el helicóptero avanzaba y, en esos momentos sobrevolaba la extinta estatua de la rotonda de la base.- Nos metieron alguna mierda, nos hicieron algo, en cierto momento. Dígalo sin problemas. Ya no hay altos mandos a los que ofender.

- Eso es algo que aun tenemos que discutir Felipe.- Murmuró Romero.- Por eso quiero ir a Madrid, y por eso he querido pasar por aquí antes. Aquí Moro es una de las personas mas radio resistentes que conozco, y en Primo Rivera hay al menos dos o tres mas casi tan resistentes como él. Necesitamos unidad y un objetivo.

- Hubiera sido usted un buen general. No se porque se metió a los microscopios.- Negaba de nuevo. Sacó algo de un bolsillo y lo masticó. Llegó un penetrante olor a fresa. Miró a Moro y explicó.- Somos privilegiados. Hemos sobrevivido, no pienso matarme fumando tabaco, aunque tenga que mascar esta mariconada cada diez minutos. ¿Eres moro de verdad o solo es un mote?

- Es mi primer apellido.- Contestó Moro. Se miró la bota, tenía un desgarrón en el traje, pero el calzado no mostraba mas que un arañazo. Suerte.- Juan, ¿Entonces sigues con ese plan suicida?

- Moro, tu sabes mejor que nadie que lo que pienso es muy posible, y que en Madrid es donde mas posibilidad de encontrarlo tenemos.- Dijo el Doctor. El helicóptero empezaba a bajar en el patio. Los soldados se arremolinaban en torno a la zona de aterrizaje. Estaba el grupo al completo.

Mientras todos bajaban y se hacían las presentaciones pertinetnes. Moro se dirigió a los vestuarios. Una vez allí se deshizo del traje, el cual arrugó en un montón. Estaba inservible. El calor de la radiación era perceptible en el entorno. Casi pudo sentir los rayos Gamma atravesando su cuerpo sin dejar rastro, como asesinos perfectos. En la mochila iban las armas de los muertos en el hospital, un tarro lleno de liquido que emitía pulsaciones de radiación muy características y un mapa con la posición de los tanques de gasolina de los generadores de reserva del hospital. Se metió a la ducha y pensó que mas que limpiarse la mierda se la estaba incrustando aun mas. A veces soñaba que su cuerpo empezaba a fosforescer por las noches.

Veinte años, y aun no se había acostumbrado a la nueva vida. Tenía veinticinco, y aun asi añoraba la vida que había tenido antes, aunque fuera solo un crío, atesoraba los pocos recuerdos que tenía.

Su padre le había dejado en la división en la que había estado destinado casi treinta años. Después de las explosiones, su padre demostró una fuerza a la radiación grande, pero no suficiente como para sobrevivir. No llegó vivo a Primo de Rivera. Hubieron de hacer el camino entero desde Madrid, donde la concentración de bombas nucleares había sido excepcionalmente alta.

Nada mas llegar, lo tuvieron en cuarentena y fue interrogado sobre todo. Romero contaba con veinte años por aquel entonces, ahora rondaba ya el medio siglo.

Por eso le conocía y le había expuesto a él primero su plan. Moro había vivido en persona los bombardeos de Madrid y había sobrevivido, cosa que no podía decir todo el mundo.

Romero pensaba que bajo Madrid, o en las inmediaciones, había un búnker donde los políticos y altos mandos se habían escondido. Quería llegar hasta ellos, no por encontrarlos ni por sentido patríotico. Quería sus comunicaciones. El efecto Compton aun no había desaparecido de la atmósfera, y Romero estaba seguro de que aquellas instalaciones, si existían, tendrían comunicaciones imposibles de cortar, de cualquiera de las maneras. Aquella idea le había obsesionado durante veinte años. Ninguno de sus voluntarios había vuelto.

Y Moro tenía la impresión de que la próxima expedición era la que iba en el helicóptero. Y que él estaría entre los soldados. El agua se quedó helada, y un escalofrío le recorrió.


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