Bueno, Mr.Showman dijo el día que me conoció que le gustaría leer algo de fantasía mío. Pues aquí lo tienes mister. Te lo daré en persona que es mas leible, pero por si le quieres echar un vistazo, es por el vómito, prefiero que lo eches en tu teclado. Disfruta jefe! La versión en PDF está mas… mejor maquetada.
To Show (Descarga en PDF aquí)
*Apuntes del Autor*
Bueno, antes de nada, querido lector, tengo que ponerte un poco en antecedentes, pues este relato esta basado en el mundo de mi novela, donde la magia esta dividida en cuatro (Empata, Abis-mal, Neutral y Tempo). En esta novela coexisten dos mundos paralelos, el real y el de la magia (ambos tienen nombres pero son parecidos y te juro que no me acuerdo de cual es cual). Los nacidos en el mundo real normalmente no pueden cruzar el umbral (así como criaturas mágicas como elfos, demonios u orcos a la inversa), pero si nacen con el don de ser magos, si que pueden. Y he aquí una pequeña base para que comprendas algunas cositas del relato. Te dejo con él.
**
- Oh Trys, esto va a ser un verdadero problema.
- Calla, estamos cerca.
- ¡Es un ejército!
- Que pasa, ¿en tu mundo no los hay?
- Pues claro que si, pero no andamos tocándoles las narices por algo.
La mujer bufó y volvió a echar un vistazo sobre las rocas que guardaban el estrecho paso y daban a un precipicio de unos veinte metros de alto:
- Miro, este es tu turno.- Ronroneó la chica haciendo crujir su uniforme de cuero al darse la vuelta. Miro no pudo evitar doblar un poco la cabeza para apreciar esas curvas.- Y no te atrevas a mirar lo que no puedes tocar.
- Si jefa.
El chico se removió en su uniforme de soldado recién estrenado, jamás había llevado prendas tan bastas, unas botas tan incómodas, y tanto peso encima, aunque Tryssia (pues ese era su nombre completo) le había dicho que era un uniforme de explorador, de los mas ligeros que había. Ahora Miro entendía por que entre los soldados el que no tenía unos músculos de escándalo era un mastodonte de ciento veinte quilos. Se quitó un mitón y miró a su alrededor, planeando el próximo movimiento.
El paso era muy estrecho y daba al barranco, lo habían seguido en paralelo al ejército que cruzaba la parte baja durante parte de la mañana y al fin estaban donde Tryssia quería, a la cabeza de este. Miro tenía una idea aproximada de lo que quería hacer la mujer, de lo que no tenía ni puta idea era de como iba a sacarlos de una pieza de la que iban a liar.
La observó con tranquilidad mientras pensaba. La había conocido unos meses antes, cuando su abuela le introdujo en el mundo de la magia, nunca decía su edad, pero por como recordaba los viejos tiempos y la experiencia en reyertas de bares, podía tener bien los treinta. Y pocas mujeres de treinta estaban como Tryssia, aunque también pocas mujeres eran capaces de beberse una jarra de cerveza y derribar a la vez a un borracho que trataba de meterla mano. Miro se había puesto bajo su mando por la promesa de dinero en misiones militares. Maldita la hora:
- Bueno, ¿Pirotecnia? O me limito al trabajo.- Dijo haciendo aspavientos el chico.
- Limítate a trabajar, tiene que parecer un derrumbe, así nosotros podremos salir de aquí bien, solo tenemos que cerrarles el paso, a ser posible sobre sus cabezas.
- Eso va a requerir pirotecnia.
- Deja de hablar y actua.- Siseó furibunda.
- Como quieras, retrocede.
- Miro, nunca te he dicho esto pero.- La mujer le tocó el hombro y se acercó a su oído.- Como derrumbes el suelo debajo de nuestros pies yo misma me encargaré de descuartizarte.
Un temblor le recorrió el hombro, pero estaba seguro de su habilidad, y podría hacerlo. Solo necesitaba electricidad, un rayo, un poco de hielo, y la pared del otro extremo del desfiladero se caería como un suflé sacado del horno antes de tiempo. Y ahí iba. Canalizó la energía que su abuela le había enseñado a percibir y sintió como la naturaleza respondía a esa emanación, una pequeña llama de prueba se alzó en los dedos del muchacho, que la apagó al instante, la magia, el éter, se entremezclaban con la naturaleza para manejarlas:
- Venga… Venga…- Musitó en un esfuerzo Miro, centrando su mente en las nubes despejadas del medio día. Estas empezaron a oscurecerse.
- Hay gente mirando hacia arriba Miro.- Dijo la mujer dando saltitos de expectación.- ¡Date prisa!
- ¡Ya voy ostia!
Bajó la mano derecha con rabia y un rayo hendió la ladera, lanzando piedras del tamaño de hombres al suelo, la gente comenzó a gritar. Los magos comenzaron a movilizarse, pero Miro estaba preparado y con un poco de aire y lluvia hizo cuña para causar mayor caos:
- ¡Cerrado Miro! ¡Cojonudo!
El mago se acercó, pues sentía que el paso no estaba cerrado. Y ciertamente, no lo estaba. A simple vista si, pero un montículo enorme de piedras parecía mas elevado, y el paso no tenía esa deformación para que quedara así. Corrió unos metros y se asomó de nuevo:
- ¡Oh mierda Tryss, te dije que tendríamos un problema!- Gritó sobre el ruido de rocas aun desplazándose y el olor a quemado.
La mujer se desplazó hasta donde estaba y abrió los ojos:
- ¿Eso es posible?
- Pues te diría que no, pero lo estamos viendo.
Un solo hombre estaba bajo la avalancha, sosteniendo toneladas de piedra bajo un invisible escudo de aire que Miro sentía como si lo viera. Ese tío era duro. Era jodidamente duro. ¿Como podía un mago aguantar tal peso?:
- Es el Elegido… A tomar por culo.
Tryssia abrió la boca, pero por una vez, no tuvo nada que decir. El hombre estaba demasiado lejos como para verlo, pero un cambio en su posición les hizo ponerse rígidos:
- Creo que deberíamos salir de aquí.- Susurró Miro innecesariamente, estaban a un buen centenar de metros de él.- Nos ha visto.
- ¿Como nos va a ver?
Algo detuvo la respuesta de Miro. De nuevo se movió el hombre. Giró la cabeza coronada por el yelmo plateado y tras él salió algo rojo con forma humana sacudiéndose el polvo, así como una mujer rubia con una armadura que debió ser reluciente pero que el aluvión de piedras había dejado destrozada. Sin bajar las manos ni un momento, el hombre señaló al paso oculto sin dudar. La cosa roja se alzó y comenzó a levitar. Hacia ellos:
- ¡Corre Tryssia!
Ambos empezaron a correr por sus vidas, pero esa cosa roja volaba a una velocidad enorme. No corrieron por donde habían llegado, pues tendrían que hacerlo durante horas. En vez de eso corrieron hacia la salida del desfiladero, que se alzaba quinientos metros mas lejos. Justo cuando salían a un camino escarpado, la cosa roja aterrizó delante de ellos.
No era una cosa propiamente dicha. Miro había visto un par de demonios antes, pero ninguno con una forma tan humana. Llevaba una camisa negra rasgada y manchada de polvo y unos pantalones ajustados negros también, terminados en unas botas de gamuza. Era un luchador individual, además de mago. Su cara, llena de tribales negros sobre la piel roja, tenía un rictus de mala ostia que echaba atrás a un oso:
- Vaya, habéis montado un buen lío. Por suerte nuestro comandante estaba ahí para salvar el paso.- Dijo tranquilamente sin empuñar el arma que llevaba al cinto.
Tryss se puso delante de Miro, espada alzada y respirando pesadamente por la enloquecida carrera:
- Mira que te lo dije Tryss, esto nos iba a traer problemas.
- Oh, quizá si hubieras derrumbado mas rocas, habríamos aplastado al Elegido y a este tío con sarna.
- Si claro, y la piedra me la saco del culo, por que como habr…
- ¡Silencio!- Gritó el demonio desenvainando su espada. Miro reculó ante ella.
Era la espada. No recordaba el nombre, pero si la forma y, sobre todo, el poder. De ella emanaba magia en estado puro, como si fuera un objeto generador de energía. Dos anillos dorados bordeaban la hoja, totalmente recta y terminada en gavilanes rectos:
- ¿De quien sois exploradores?
- De nadie.
- Ya, sois estúpidos, pero creo que no tanto como para tirarle una pared de mil toneladas encima a un ejército sin motivo, habéis causado muchas muertes. Contestad.- Ordenó con frialdad.
La mujer se tiró a por él antes de que el mago pudiera siquiera advertirla. Y todo se sucedió en un instante. El demonio esquivó una estocada con una rapidez inhumana, obviamente al ser un demonio, y, desequilibrada la mujer, con un giro de cadera descargó la espada sobre su columna con una mano.
El chillido de dolor fue algo que Miro jamás olvidaría. Su compañera se derrumbó como un pelele con la espada incrustada en la mitad de la espalda mientras sufría convulsiones en las piernas. Sin dejar de mirar a Miro, el demonio agarró la espada y la arrancó con un escalofriante sonido de entrehuesos. Tryssia seguía viva, pero no podía levantarse, y si sobrevivía a la lesión jamás volvería a andar. La había dejado parapléjica a propósito:
- Contéstame niño, tu sabes quien soy. Sabes que no puedes luchar contra uno de los Elegidos.
- ¡No digas nada Miro!- Aulló Tryss incorporando su cabeza. La melena de bucles castaños estaba destrozada por el polvo y la caida, y su cara se veía blanca y ojerosa de puro dolor. Aun sostenía la espada, pero el demonio parecía no considerarla un peligro.
Miro ni negó con la cabeza cuando el demonio volvió a descargar la espada con una rapidez fulgurante y sin mirar, sobre la mano que sostenía la espada de Tryssia. La sangre manó a borbotones junto con otro verdadero aullido de dolor. Los huesos de la mujer se veían limpios y sobresalientes, redondos. Había cortado justo por la articulación.
No pudo hacer otra cosa, y atacó con todo lo que tenía. Craso error. Desató una tempestad en miniatura sobre el demonio, pero él solo estiró los brazos y se carcajeó entre los rayos que impactaban en su espada y en él mismo. Cuando no pudo mantener el ritmo de ataque, Miro se detuvo jadeando, el ser rojo y negro aun seguía riéndose. Tryssia estaba inconsciente sobre el suelo, empapada de lluvia, a sus pies un charco de sangre era revuelto por sus convulsas piernas:
- Eres un loco.- Musitó el demonio acercándose con la espada en la mano. Era igual de alto que Miro, pero bastante mas corpulento, aunque no un toro. Cuando estuvo a su alcance le cogió por el peto de cuero y le levantó sin esfuerzo aparente.- Un puto loco, de verdad que si.
Le arrojó al suelo al lado de Tryssia, pero cuando Miro se iba a levantar, le retuvo con magia. Le despojó del peto y la camisa y lo dejó desnudo de cintura para arriba:
-Tengo un regalo para tu comandante.
Cogió la empuñadura a la inversa y plantó la gema negra en el pecho de Miro. Un helor glacial lo invadió, y chilló de puro terror. ¿Que le hacía? Cuando el demonio terminó se miró el pecho. En el pectoral izquierdo había un rectángulo negruzco y requemado, las venas se extendían desde él como tratando de huir de aquella especie de invasión infecciosa:
- Voy a ser magnánimo.- Dijo arrodillándose a su lado, aun seguía totalmente inmovilizado.- Y te voy a explicar en que consiste esto. Ahora eres mi esclavo. Cada vez que un Elegido toca de esta manera a alguien con su espada, no tiene mas opción que servirle. Esta.- Dijo metiendo el dedo en la quemadura provocándole un alarido de espanto y dolor.- Es mi marca, y tienes que hacer lo que yo te diga. De lo contrario se extenderá y pudrirá algo mas que el músculo. Y créeme, no morirás, pero sufrirás indeciblemente.
Miro lloraba a raudales. La cara cenicienta de Trysia estaba a su altura, a no mas de veinte centímetros de él, aun respiraba, pero cada vez menos:
- Ya que veo que prestas mas atención a tu amiga que a mi.- Dijo el demonio agarrando a la moribunda mujer por la espesa mata de pelo y arrastrándola un par de metros.- Creo que voy a terminar de matarla, de todos modos no me sirve.
La lanzó al aire como si se tratara de una muñeca y cuando cayó al suelo la pisó el cuello con frialdad, como si pisara un balón. El crujido hizo abrir los ojos a Tryssia y a Miro a la vez. Aquella mirada tuvo por algun momento un atisbo de consciencia, de vida, y al siguiente eran dos esferas mas, que no transmitían mas que dolor:
- Mis órdenes son las siguientes.- Recitó tranquilamente volviendo a su anterior posición el demonio.- Volverás a tu campamento y informarás de lo que ha pasado con pelos y señales. Después desertarás y serás libre. La única condición que le pongo a la orden de tu libertad es que no puedas hacer daño al Elegido y su ejército, ni consciente ni inconscientemente. Si quieres volver a mi, sabrás encontrarme.
Sin mas, levitó y entró en el desfiladero a toda prisa. Miro se incorporó y miró la escena. Parecía que había llovido, la sangre se mezclaba en el suelo, sobre todo donde las piernas de Tryss se habían movido como las aletas de una ballena estúpida, él mismo estaba hasta las cejas de sangre de su compañera por haber caído tan cerca de ella. A dos metros del cuerpo, la mano descansaba con la espada, sangrando ligeramente, como un recordatorio de que antes fue algo vivo y unido a un cuerpo. No se atrevió a coger la mano, pero la logró separar del arma y recogió esta. Al agacharse vio en la mano cortada un anillo de madera pulida con una minúscula amatista engarzada.
Venció sus escrúpulos y cogió el anillo por puro impulso. Luego, se puso en marcha al campamento, tenía una misión que cumplir de nuevo….y esa vez la paga solo sería seguir con vida, su sueldo se había visto seriamente rebajado.




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